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Un ejemplo vale más que mil sermones
Desde muy pequeños los niños tienden a imitar todas nuestras
conductas, buenas y malas.
Podemos aprovechar las costumbres cotidianas -como saludar,
comportarnos en la mesa, respetar las normas al conducir- para que adquieran
hábitos correctos y, poco a poco, tomen responsabilidades.
De nada sirve sermonearle siempre con la misma historia si
sus padres no hacen lo que le piden.
Las palabras, los gestos, las miradas y las expresiones que
utilizamos nos sirven para conocernos mejor y expresar todo aquello que
sentimos. Por eso, incluso durante el embarazo, hay que hablar al bebé.
Debemos continuar siempre con la comunicación. Hablarle
mucho, sin prisas, contarle cuentos y también dejar que él sea quien nos los
cuente.
¿Has probado a hacerle una pregunta que empiece con «Qué
piensas tú sobre…»? Así le demostramos que nos interesa su opinión y él se
sentirá querido y escuchado.
Hay que enseñarle a separar los sentimientos de la acción.
Lasnormas deben ser claras y coherentes e ir acompañadas de explicaciones
lógicas.
Tienen que saber lo que ocurre si no hace lo que le pedimos.
Por ejemplo, debemos dejarle claro que después de jugar tiene que recoger sus
juguetes.
Es importante que el niño -y también nosotros- comprenda que
sus sentimientos no son el problema, pero sí las malas conductas. Y ante ellas
siempre hay que fijar límites, porque hay zonas negociables y otras que no lo
son. Si se niega a ir al colegio, tenemos que reconocerle lo molesto que es a
veces madrugar y decirle que nosotros también lo hacemos.
La mejor manera para que los niños exploren el mundo es
permitirles que ellos mismos experimenten las cosas. Y si se equivocan,
nosotros tenemos que estar ahí para cuidar de ellos física y emocionalmente,
pero con límites.
La sobreprotección a veces nos protege a los padres de
ciertos miedos, pero no a nuestro hijo. Si cada vez que se cae o se da un
golpe, por pequeño que sea, corremos alarmados a auxiliarle, estaremos
animándole a la queja y acostumbrándole al consuelo continuo. Tenemos que
dejarles correr riesgos.
Hay que eliminar frases como «aprende de tu hermano»,
«¿Cuándo vas a llegar a ser tan responsable como tu prima?» o «eres tan quejica
como ese niño del parque».
No conviene generalizar y debemos prescindir de expresiones
como «siempre estás pegando a tu hermana» o «nunca haces caso».
Seguro que hace muchas cosas bien, aunque últimamente se
esté comportando como un verdadero «trasto». Cada niño es único, no todos
actúan al mismo ritmo y de la misma manera.
Frases como «tú puedes nadar igual de bien que tu hermano,
inténtalo. Ya lo verás» transforman su malestar en una sonrisa y le animan a
conseguir sus metas.
Puede sernos muy útil. Así, vivir una etapa de rebeldía de
nuestro hijo, algo muy frecuente a determinadas edades, puede dejar de ser una
fuente de angustia tremenda y convertirse, simplemente, en una fase dura pero
pasajera. Frases como «no te preocupes, a mi hijo le ocurría lo mismo», pueden
ayudarnos a relativizar los «problemas» y, por tanto, conseguir que nos
sintamos mejor y actuemos más tranquilos.
Si estamos desorientados, preocupados o no sabemos cómo
actuar, siempre podemos consultarlo con un profesional. No tenemos nada que
perder.
Tenemos derecho a equivocarnos y eso no significa que seamos
malos padres. Lo importante es reconocer los errores y utilizarlos como fuente
de aprendizaje.
Una frase sencilla como «perdona cariño, refuerza su buen
comportamiento y nos ayuda a sentirnos bien.
Está comprobado que los refuerzos positivos gestos de
cariño, estímulos, recompensas resultan más eficaces a la hora de educar que
los castigos. Por eso siempre debemos darle apoyo afectivo y dejar que sea él
el que, según su capacidad, resuelva los problemas.
Los niños son muy sensibles y los calificativos como «tonto»
o «malo» les hacen mucho daño y pueden afectar de modo negativo a la valoración
que tienen de ellos mismos.
Debemos ser generosos con todo aquello que les hace sentirse
valiosos y queridos. Si le premiamos con caricias, abrazos o palabras como
«guapo» o «listo», estamos construyendo una buena autoestima.
Tan importante como rectificar sus malas conductas es
reconocer y reforzar las buenas.
Aunque siempre conviene fomentar un clima de cercanía y
confianza, eso no significa que debamos ser sus mejores amigos.
Mientras que entre los niños el trato es de igual a igual,
nosotros, comopadres y educadores, estamos situados en un escalón superior.
Desde allí les ofrecemos nuestros cuidados, experiencia, protección… pero
también nuestras normas.
Buscar su aprobación continua para todo puede ser un arma de
doble filo, ya que la amistad también es admiración y confianza y le resultará
muy difícil confiar en nosotros si no sabemos imponernos.
Un buen padre no es aquel que cede de modo continuo y no
enseña.
A veces pensamos que solo nosotros nos sentimos contrariados
y que los niños tienen que estar todo el día felices. Pero también tienen
preocupaciones.
Su mundo emocional es igual o más complejo que el nuestro,
por eso conviene dar importancia a sus emociones y ser conscientes de ellas.
Debemos ayudar a nuestro hijo a poner nombre y apellido a lo que experimenta y
siente.
lindo articulo en definitiva el amor,las normas de moral,urbanidad que nos imparten es el legado de los padres.Compartalo con sus compañeros
ResponderEliminargracias licenciada
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